Es un hecho, un hombre hace lo
que puede hasta que su destino le es revelado.
Bien, aquí estamos. De aquel día
de noviembre de 1965 en el que Ginés y Mercedes se las tuvieron apasionada o
dulcemente -nunca lo pregunté- y cuya consecuencia fue un embarazo culminado en
el agotador parto estival de mi persona y la realidad administrativa que dio fe
de mi existencia, han pasado poco más de cincuenta y dos años.
No ha estado mal la cosa, de
hecho diría como Don Pablo que confieso que he vivido y mucho. Entenderán que
me sienta afortunado, pues echando la vista atrás no hay un instante que pueda
considerar perdido. He habitado muchos mundos en uno y así he sido niño de
bancales pero también de aceras, levantino y catalán a un tiempo, dislocado en
ocasiones y sesudo casi siempre, feliz y triste por igual pues así es la cosa
de vivir, pero siempre me reconocí –pueden creerme- pleno de esperanza.
Tuve grandes ejemplos y sin duda
alguna, es a las mujeres de mi casa a las que debo mi ser y mi estar. Grandes
hembras que levantaron a sus cachorros y a todos los suyos en época de
carencias y desprecios, merecen hoy todo mi reconocimiento. Rompo bravos por mi
ausente madre y en ella les doy las gracias a todas. Me queda de su mano el
tacto de mi hermana y su hablar calmo, ambas se bautizaron como Mercedes y
adornan mi cabeza como una corona de roble. Hablar de mi padre es algo casi
accesorio, sus silencios dijeron, muchas veces, más que sus palabras. Personas
de respeto los de mi casa, hicieron de sus actos ejemplo y camino a seguir.
La familia bien gracias, pues a
pesar de los dimes y diretes inevitables por un quítame allí unas pajas,
siempre ha sido referente, también refugio y aula llena de sabiduría en la que
aprender a ser niño, joven y finalmente adulto. Agradezco a todos y cada uno de
los que comparten sangre conmigo su existencia, sus ratos perdidos a mí lado y la
siempre abierta puerta de sus corazones y sus casas. Entre esos que denominaba
la madre que me parió como “su gente”, aprendí que siempre es mejor ser cabra
que oveja, una lección que nunca debe dejarse de estudiar. Háganme caso…
Dicen de mí que he sido dado al
galanteo, y no siendo un bradomín, la cosa es que el mundo de Venus ha sido
pasión por pensamiento, palabra y obra. Nunca quise lastimar ni cuerpos ni
almas, pero puestos a imaginar parnasos, las musas fueron féminas y en ellas
imaginé las rimas perfectas. Muchas mujeres no entendieron ni entienden mi
pasión por el mundo femenino, muchas relaciones han creído ver en mi admiración
voluntad de conquista, pero en realidad el mundo femenino es para mí el camino
de la sabiduría. Sí, yo soy –gracias a mi madre- un hombre que sabe que mujeres
y hombres pueden ser amigos. La calma que disfruté –siendo la misma finita- me
la otorgó el vientre de la digna mujer que parió a mis hijos, a partir de aquí,
el camino me trae a la tranquilidad de mi presente. No habré de engañarles,
daba todo por perdido y se da la ventura de que al final del camino me esperó
la sombra fresca. Es una verdad absoluta, nada describe la felicidad como el
rostro de una mujer que permite reflejarte en sus ojos.
En toda obra teatral (y la vida
lo es), somos a un tiempo personajes principales y secundarios. En el libreto
que me ha tocado representar, he tenido un papel protagonista con tintes de
drama y comedia, siendo también parte del reparto de otros títulos escritos en
oro con el nombre de mis amigos. Pues si uno debe saber medirse, la mejor de
las maneras de reconocerse es saber quienes, sin tener la misma sangre, son tus
hermanos. Les diré que en este particular soy rico de veras y no apuntaré nada
más.
No se escandalicen, pero habiendo
vivido extremas situaciones en mi primera juventud, no contemplaba con agrado
la paternidad. En el desasosiego provocado por el dolor padecido, pensaba
-tonto de mí- que no tenía sentido traer a este planeta nuevas vidas.
Evidentemente me equivocaba, pues si hay algo, si hay algún rol del que pueda
hoy sentirme orgulloso es del de padre. Mis dos vástagos se tornaron puerto al
que regresar y por primera vez sentí lo que significaba tener patria, himno y
bandera. Verles crecer me ha hecho desarrollarme a un tiempo y de los pecados
cometidos, ellos han hecho leña para convertirme en mejor persona. Nunca habrá
un más fiero león en invierno que acompañe a mis hijos. Siempre, por muchos
años que carguen mis huesos, batallaré a su lado y nunca les daré la espalda.
La de Pater Familias es la mayor de las púrpuras que nunca se me otorgaron…
Bien, poco más he de decir. Tan
solo añadir que tras buscar el éxito y creer haberlo alcanzado, quiso el azar
que los éforos me advirtiesen que trabajar se trabaja para vivir y que vivir
para trabajar es morir un poco. Cierto es que las circunstancias nos indican
que hay momentos en el que el esfuerzo sostenido tiene sentido y esa y no otra
es la reflexión a tener en cuenta, la cosa es saber si aquello por lo que
batallamos merece perder horas de sueño. Hay proyectos que merecen compartir
lucha, de no ser así, tan solo se trata de estéril egoísmo.
Hoy, en el inicio de una nueva
travesía, me permito sugerirles que siendo el vivir lo más peligroso que tiene
la vida, conviene asumir riesgos para sentirse parte de todo y no caer en la
nada. Por cierto, abonando la tesis, lo más valioso de lo aprendido es saber,
de forma preclara, que NOSOTROS es la primera persona del singular.
Dicho lo dicho, me afano en
comunicar –como ya he comentado- que al final del camino me esperaba la sombra
fresca. Es decir, me caso. Dispongo ya del lugar en el que se celebrará el
enlace y cuento con la bendición de todos aquellos que bien me quieren. Sucederá
en un año, tan solo existe un pequeño inconveniente, aún no tengo novia.
EN DOCE MESES BODA

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