sábado, 20 de octubre de 2018

EN DOCE MESES BODA




Es un hecho, un hombre hace lo que puede hasta que su destino le es revelado.

Bien, aquí estamos. De aquel día de noviembre de 1965 en el que Ginés y Mercedes se las tuvieron apasionada o dulcemente -nunca lo pregunté- y cuya consecuencia fue un embarazo culminado en el agotador parto estival de mi persona y la realidad administrativa que dio fe de mi existencia, han pasado poco más de cincuenta y dos años.

No ha estado mal la cosa, de hecho diría como Don Pablo que confieso que he vivido y mucho. Entenderán que me sienta afortunado, pues echando la vista atrás no hay un instante que pueda considerar perdido. He habitado muchos mundos en uno y así he sido niño de bancales pero también de aceras, levantino y catalán a un tiempo, dislocado en ocasiones y sesudo casi siempre, feliz y triste por igual pues así es la cosa de vivir, pero siempre me reconocí –pueden creerme- pleno de esperanza.

Tuve grandes ejemplos y sin duda alguna, es a las mujeres de mi casa a las que debo mi ser y mi estar. Grandes hembras que levantaron a sus cachorros y a todos los suyos en época de carencias y desprecios, merecen hoy todo mi reconocimiento. Rompo bravos por mi ausente madre y en ella les doy las gracias a todas. Me queda de su mano el tacto de mi hermana y su hablar calmo, ambas se bautizaron como Mercedes y adornan mi cabeza como una corona de roble. Hablar de mi padre es algo casi accesorio, sus silencios dijeron, muchas veces, más que sus palabras. Personas de respeto los de mi casa, hicieron de sus actos ejemplo y camino a seguir.

La familia bien gracias, pues a pesar de los dimes y diretes inevitables por un quítame allí unas pajas, siempre ha sido referente, también refugio y aula llena de sabiduría en la que aprender a ser niño, joven y finalmente adulto. Agradezco a todos y cada uno de los que comparten sangre conmigo su existencia, sus ratos perdidos a mí lado y la siempre abierta puerta de sus corazones y sus casas. Entre esos que denominaba la madre que me parió como “su gente”, aprendí que siempre es mejor ser cabra que oveja, una lección que nunca debe dejarse de estudiar. Háganme caso…

Dicen de mí que he sido dado al galanteo, y no siendo un bradomín, la cosa es que el mundo de Venus ha sido pasión por pensamiento, palabra y obra. Nunca quise lastimar ni cuerpos ni almas, pero puestos a imaginar parnasos, las musas fueron féminas y en ellas imaginé las rimas perfectas. Muchas mujeres no entendieron ni entienden mi pasión por el mundo femenino, muchas relaciones han creído ver en mi admiración voluntad de conquista, pero en realidad el mundo femenino es para mí el camino de la sabiduría. Sí, yo soy –gracias a mi madre- un hombre que sabe que mujeres y hombres pueden ser amigos. La calma que disfruté –siendo la misma finita- me la otorgó el vientre de la digna mujer que parió a mis hijos, a partir de aquí, el camino me trae a la tranquilidad de mi presente. No habré de engañarles, daba todo por perdido y se da la ventura de que al final del camino me esperó la sombra fresca. Es una verdad absoluta, nada describe la felicidad como el rostro de una mujer que permite reflejarte en sus ojos.

En toda obra teatral (y la vida lo es), somos a un tiempo personajes principales y secundarios. En el libreto que me ha tocado representar, he tenido un papel protagonista con tintes de drama y comedia, siendo también parte del reparto de otros títulos escritos en oro con el nombre de mis amigos. Pues si uno debe saber medirse, la mejor de las maneras de reconocerse es saber quienes, sin tener la misma sangre, son tus hermanos. Les diré que en este particular soy rico de veras y no apuntaré nada más.

No se escandalicen, pero habiendo vivido extremas situaciones en mi primera juventud, no contemplaba con agrado la paternidad. En el desasosiego provocado por el dolor padecido, pensaba -tonto de mí- que no tenía sentido traer a este planeta nuevas vidas. Evidentemente me equivocaba, pues si hay algo, si hay algún rol del que pueda hoy sentirme orgulloso es del de padre. Mis dos vástagos se tornaron puerto al que regresar y por primera vez sentí lo que significaba tener patria, himno y bandera. Verles crecer me ha hecho desarrollarme a un tiempo y de los pecados cometidos, ellos han hecho leña para convertirme en mejor persona. Nunca habrá un más fiero león en invierno que acompañe a mis hijos. Siempre, por muchos años que carguen mis huesos, batallaré a su lado y nunca les daré la espalda. La de Pater Familias es la mayor de las púrpuras que nunca se me otorgaron…

Bien, poco más he de decir. Tan solo añadir que tras buscar el éxito y creer haberlo alcanzado, quiso el azar que los éforos me advirtiesen que trabajar se trabaja para vivir y que vivir para trabajar es morir un poco. Cierto es que las circunstancias nos indican que hay momentos en el que el esfuerzo sostenido tiene sentido y esa y no otra es la reflexión a tener en cuenta, la cosa es saber si aquello por lo que batallamos merece perder horas de sueño. Hay proyectos que merecen compartir lucha, de no ser así, tan solo se trata de estéril egoísmo.

Hoy, en el inicio de una nueva travesía, me permito sugerirles que siendo el vivir lo más peligroso que tiene la vida, conviene asumir riesgos para sentirse parte de todo y no caer en la nada. Por cierto, abonando la tesis, lo más valioso de lo aprendido es saber, de forma preclara, que NOSOTROS es la primera persona del singular.

Dicho lo dicho, me afano en comunicar –como ya he comentado- que al final del camino me esperaba la sombra fresca. Es decir, me caso. Dispongo ya del lugar en el que se celebrará el enlace y cuento con la bendición de todos aquellos que bien me quieren. Sucederá en un año, tan solo existe un pequeño inconveniente, aún no tengo novia.

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